Hablar sin decir nada

Estamos todo el día comunicándonos, escribiendo, hablando. A través del móvil, la gran parte del día, en persona, por teléfono… Pero al final las palabras más importantes son las que no decimos, las que negamos, las que se quedan a las puertas de los labios esperando salir, el sí pero no…

Con suerte, a veces, se dibujan, entre líneas, se dejan entrever en un discurso que no es lo que se dice, si no el cómo, lo que no se ha dicho, lo que importa. Es aquello que nos gustaría decir lo que menos expresamos. A veces porque se da por hecha la obviedad, otras, precisamente, por lo contrario.

Hay que decir las cosas y hay que decirlas más.

Nos preocupamos por naderías, por cosas que son solo importantes en la cotidianidad pero superfluas en términos absolutos.

Hay que decir las cosas porque habrá un momento en el que sea imposible hacerlo, aunque queramos y ya no vale arrepentirse.

En un mundo en el que prima lo veloz, lo trascendente e íntimo queda eclipsado y relegado a momentos remarcables, únicos y dignos de mención.

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