Una persona más, un número menos

A partir de hoy soy una persona más que ha decidido hacer su maleta y marcharse de España y también un número menos en el paro.

Esas listas y esos números de los que les gusta tanto presumir al Gobierno cuando bajan de la misma forma que no le gusta contextualizar ni explicarlos:

trabajo temporal, empleo estacional, emigración, desconfianza por el sistema que hace que la gente no se inscriba, etc.

Cuando usted esté leyendo esta entrada de mi blog será la víspera del día de Reyes y yo estaré en un avión camino de mi nuevo país en donde estaré los próximos meses y en donde aspiro a encontrar lo que mi país, como a muchos otros, no ha sabido darme.

A partir de enero seré un parado menos y seré una emigrante más o, como diría Fátima Báñez, como tengo espíritu aventurero me lanzo a la movilidad exterior. Pues sí, tengo espíritu aventurero si con ese eufemismo entendemos que estoy dispuesta a marcharme para probar algo nuevo en un lugar que no conozco sin garantías de que funcione y alejándome de mis raíces. Y sí, es algo que he decidido yo porque creo que desde el punto de vista profesional tengo mucho que ganar y mucho que aprender, al igual que en lo personal, pero sabiendo que no es una decisión 100% mía. Es una decisión condicionada.

No ha sido mi espíritu aventurero el que un buen día me hizo pensar: “¡haz la maleta y vamos a ver mundo que es el momento de tener aventuras!”. No, más bien fue mi espíritu realista el que me empujó a hacerlo después de todo un año en España viendo una situación económica muy alejada de los famosos “brotes verdes” y la salida de la crisis que quieren vendernos y muy consciente que la ciudadanía cada vez está más empobrecida con sueldos congelados, cuando no más bajos, y precios que no han parado de subir. Un año que deja imágenes que nos negamos a ver y mucho menos a creer: comedores sociales llenos y familias de clase media viviendo situaciones dramáticas que jamás se habrían imaginado.

Ante esta situación en la que los ciudadanos cada vez son más pobres y los gobernantes “gobiernan” manteniéndose ajenos y ganando a manos llenas: cobrando dietas de vivienda cuando tienen pisos en propiedad en la capital, deciden sobre cuestiones públicas cuando tienen intereses personales…

Y no son solo cada vez más pobres los ciudadanos, también con menos derechos. Empezando por la reforma sanitaria que pretende privatización del sistema y deja fuera de él a muchos ciudadanos.

Como regalo por nuestro buen comportamiento hemos obtenido una reforma laboral que ayuda a precarizar aún más el trabajo y una ley de seguridad ciudadana que podríamos resumir que es para poder seguir haciendo lo que quieren sin tener que ver ni escuchar a los que se quejan, que debe de ser algo muy molesto.

Comprenderán que ante esta situación decida marcharme, como muchos otros antes que yo y otros lo harán después de mí.

Somos muchos los que nos hemos ido y lo seguiremos haciendo, muchos más de los que aparecen en los informes oficiales en este estudio se estima que la cifra real entre 2008 y 2012 ronda las 700.000 personas, tres veces superior a las estimaciones oficiales difíciles de realizar.

Desconozco si alguno de nuestros gobernantes ha tenido alguna vez que lidiar, en su propia persona o en la de alguno de sus familiares, con lo que significa emigrar. Si no es el caso les recomendaría que leyesen esta carta que escribe un padre cuando su hija acaba de emigrar.

Cuando digo emigrar no me refiero simplemente a irse fuera de España a trabajar, como podría ser el caso de la Infanta Cristina, cuya situación como persona en el extranjero poco o nada tiene que ver con la del grueso de los que se van en busca de nuevas oportunidades.

Este país que no solo no intenta que sus ciudadanos no se marchen, sino que parece empujarles a ello mientras parece burlarse cada vez que se refiere a ello tildándolo de “espíritu aventurero”, y, de paso, aprovecha para quitar el derecho a la sanidad, también a los que se van por un tiempo.

Me gusta mi país pero no sus gobernantes que se han olvidado que tienen una función pública: la de servir a los ciudadanos y no a sus intereses privados.

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