Quejarse es fácil

Estamos en diciembre y no pienso escribir sobre la Navidad ni sobre el nuevo año porque sea lo que toca en estas fechas. Voy a ser un poco más original y hablar de algo que lleva meses sacándome de mis casillas: la gente que solo sabe quejarse.

Sí, suena raro y puede que parezca insolidaria o poco empática con los que lo hacen de forma continua y constante. Pero hay un pequeño detalle que a menudo olvidamos: todos, absolutamente todos, tenemos problemas en nuestras vidas.

La parte buena, o menos mala, según se mire, es que exceptuando los relacionados con la salud y algunas situaciones extremas en el aspecto económico, se puede cambiar lo que no nos gusta, aunque sea un poco.

Quejarse es fácil. Es el primer paso para reconocer algo que no nos gusta. Pero esa queja debería de ir seguida, en algún momento, de una acción para cambiar las cosas, mejorarlas o aportar una perspectiva diferente a las situaciones.

Sin embargo, apostaría cualquier cosa a que el problema no está en que nos quejamos, ¡y mucho!, de ciertas situaciones. Si no en la percepción de lo que entendemos como un problema. Admitámoslo, hoy en día cualquier cosa que no ocurre como nos gusta es un problema y en ocasiones adquiere dimensiones descomunales para acabar siendo lo único que vemos.

Estamos acostumbrados a que en la sociedad del consumo y del “aquí y ahora” prácticamente todo sea como queremos y cuando queremos y la vida no es así. Que los hechos no ocurran a nuestro gusto no es un problema. Un problema es otra cosa. No tener salud o que nos falte comida en el plato sí son problemas y muy graves, en ocasiones de difícil solución. A partir de ahí todo es matizable y relativo.

Sobre todo relativo. Si nos paramos a pensar muchos de los problemas son circunstanciales y si los comparamos con la situación que vive gente de nuestro alrededor pueden resultarnos hasta ridículos. Obviamente son nuestras problemas y nos preocupan pero compararlos con los de nuestro alrededor ayuda a poner en valor la situación, ver si es tan grave como realmente nos parece. Porque, si nos hundimos con cosas que, a priori, no son graves, ¿qué ocurrirá cuándo tengamos que enfrentarnos con un problema serio de verdad?

Otro aspecto muy importante que depende total y exclusivamente de nosotros es la actitud. Y no solo una actitud positiva que favorezca la forma de afrontar las situaciones más complejas y que aporta perspectiva, también una actitud activa. Los problemas son problemas pero lo que no hagamos nosotros por nosotros mismos los demás tampoco lo harán. Ni nadie va a llamar a la puerta de casa para llevarnos una “solución a domicilio” y, de paso, una vida a la carta. Eso no existe. Para cambiar hay que empezar por ver las cosas desde el cristal del realismo, tomar decisiones y actuar.

Quejarse es fácil pero si no hacemos nada por cambiar lo que no nos gusta no tenemos derecho a quejarnos.

Este artículo Almudena Grandes habla de los años sesenta en España, la situación que vivían muchas familias, con problemas de verdad. La mayoría de nuestros “problemas” comparados con los de aquella época son trivialidades. Si ellos pudieron enfrentarse, nosotros también.

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