El derrumbe

A Juan le llevaron al hospital porque decidieron que no estaba en condiciones de estar solo por la calle y mucho menos después del derrumbe de aquel edificio. Los vecinos eran conscientes de la cara de desconcierto que tenía el desconocido y que le impedía articular palabra. Normal. Comprendieron enseguida que había estado a punto de ser aplastado por el edificio. Posiblemente iba a visitar a alguien. Lo más probable a los del cuarto porque a los habitantes del resto del bloque los conocían de sobra. Habituales del barrio de toda la vida, era difícil que recibieran visitas de extraños.

Después de tantos años en el vecindario todos eran una pequeña gran familia y conocían a los allegados y amigos del resto a fuerza de la repetición de los años. Si bien algunas veces costaba reconocer a los más jóvenes:

– ¡Ay que ver cómo ha cambiado la nieta de la señora Fulana!- decía una.

– Sí, pues eso es porque no has visto al sobrino de Mengano, ¡Vaya estirón!- comentaba el otro.

Pero tras los comentarios de rigor sobre los últimos cambios el barrio volvía a la normalidad.

Por esa razón decidieron que el desconocido que tenían delante había ido a visitar a los únicos que sazonaban la monotonía de la zona de vez en cuando con las visitas de gente extraña: los vecinos del cuarto de aquel bloque desvencijado que dos horas antes estaba en pie y que, sin duda alguna, era la construcción más antigua del ya de por sí antiguo vecindario. De hecho, cuando tras el terrible estruendo que provocó el edificio al derrumbarse y después de las comprobaciones oportunas para saber que estaban ilesos, las primeras palabras que asomaron a los labios de algunos de los vecinos fueron: “Esto se veía venir, lo raro era que no hubiese pasado antes”.

Y después de la rotunda afirmación que todos tenían en mente se fijaron en él. El Desconocido. Un chico bastante joven que había ido a visitar a los del cuarto. Esto último estaba claro.

“Los del Cuarto” eran tres chicos que debían rondar los “veintipico” y que estudiaban en la Universidad. Llevaban viviendo en la casa unos tres años, desde que decidieron que la residencia de estudiantes, situada al extremo contrario de la ciudad, era demasiado cara para continuar acogiéndoles los años que les quedasen de vivir en aquella ciudad.

Antonio, de mediana edad y padre de dos adolescentes, se presentó voluntario para llevarle en su propio coche al hospital. Porque, explicó, al ser padre de dos criaturas le gustaría que si alguna vez estos se veían en una situación semejante hiciesen con ellos lo que él iba a hacer con aquel chico de forma tan altruista.

En el coche además de Antonio y de El Desconocido, iban una mujer, también de mediana edad, para ayudar en lo necesario aunque más parecía que no quisiese perderse el desenlace de la historia, y uno de los hijos de Antonio, por si necesitaban algún tipo de ayuda extra.

Y así se encaminaron los cuatro, entre prisas y urgencias, hacia el hospital lo más rápido posible porque, y todos estuvieron de acuerdo en ello, El Desconocido se encontraba fuertemente conmocionado. Seguía sin articular nada inteligible, si bien es cierto que desde hacía cinco minutos a la cara de desconcierto le acompañaban unos sonidos débiles e indescifrables que, como muy bien sabían los ocupantes de aquel coche, era por el shock de casi haber muerto aplastado bajo los escombros del edificio.

Obviamente El Desconocido se encontraba subiendo las escaleras del inmueble a mitad de camino del cuarto por eso le dio tiempo a bajar corriendo un par de pisos en cuanto noto el temblor del edificio previo al derrumbe. Así se lo explicaron al médico que muy amablemente les atendió al llegar a urgencias. El facultativo entendió rápidamente lo urgente de la situación y llamó al neurólogo de urgencias para que revisase al paciente y conocer hasta qué punto era grave el estado de shock de aquel joven que milagrosamenet había sobrevivido a un derrumbe de un edicicio ruinoso.

Dadas las circunstancias, y puesto que nadie conocía a aquel muchacho personalmente como para rellenar el formulario de los datos personales de entrada a urgencias, resolvieron que la prioridad era atenderle para evitar daños mayores y lo de rellenar papeleos ya lo solventarían cuando el chico se encontrase más tranquilo y pudiese hablar o decirles a quién avisar.

Mientras el neurólogo llegaba el médico de urgencias revisó físicamente a El Desconocido; contusiones, heridas, sangre o cualquiero otra cosa que pudiera tener. Y solo al finalizar el exámen médico pronunció por segunda vez la palabra milagro: El Desconocido había salido ileso tras un derrumbe, sin un solo rasguno ni moratón o mota de polvo. Impresionante. Nunca había visto nada igual-  aseguró.

El neurólogo sin embargo se demoró algo más en su dictamen. Comprobó los músculos, después la actividad cerebral, le hizo varias pruebas más y finalmente resolvió que el chico estaba completamente sano.

Los dos médicos junto con la pequeña expedición vecinal rodearon a El Desconocido que permanecía sentado en una camilla. Los cinco empezaron a hablar expresando su desconcierto sobre el joven que continuaba sentado en la camilla con la misma expresión con la que le habían encontrado un par de horas antes frente a un edificio derruido y sumido en el mismo mutismo.

Hipótesis, ideas, llamadas a nuevos médicos, ir y venir de especialistas que intentan aportar una visión nueva de la situación…

Y, de repente, Antonio fue el primero en percartarse de que algo había cambiado. Por primera vez en las últimas dos horas El Desconocido estaba hablando con alguien. Con un chico también muy joven que vestía bata blanca. Conversaban animádamente y señalaban un papel que tenía El Desconocido y en el que nadie había reparado.

La comitiva formada por los tres vecinos y los dos médicos se acercó a los muchachos embriagados de una curiosidad incontenible. Dos horas de pruebas médicas, exámenes físicos y atenciones no habían logrado sacar de su ensimismamiento a aquel chico pero apenas habían bastado cinco minutos para que charlase animadamente con un estudiante de medicina que pasaba por allí.

Se fijaron en el papel que sostenía y al que los dos chicos hacían referencia: un mapa.

Pusieron atención a la conversación entre ambos: palabras ininteligibles.

Poco a poco el puzzle se fue resolviendo en la cabeza de los allí presentes.

El Desconocido no era de aquella ciudad, de ahí el mapa. Tampoco el estado de shock le había dejado sin habla, era extranjero. Esa era la razón de las palabras que farfulló en el coche y que nadie fue capaz de comprender

El joven médico ayudó a resolver el resto de los detalles a los que no se podía acceder a través solo de la lógica: El Desconocido se llamaba Juan y era extranjero. Estaba de paso en la ciudad. Había llegado esa misma mañana a la estación de autobuses de la ciudad para visitar el campus universitario. El año siguiente se estaba planteando hacer un Erasmus y la universidad de la ciudad era uno de los destinos que barajaba así que aprovechando una oferta de viaje a última hora había decidido ir el fin de semana a echar un vistazo.

Respecto al por qué estaba dentro del edificio justo antes del derrumbe la respuesta era mucho más fácil de lo que se hubiesen imaginado: estaba de paso por allí cuando este se vino abajo. Cuando llegó a la estación de autobuses de la ciudad decidió que después de varias horas sentado le sentaría bien caminar, así que decidió dar un paseo para ir al campus. El camino más corto desde la estación hasta la zona universitaria pasaba por el vecindario en cuestión. Juan nunca estuvo dentro del edificio. Escuchó el ruido igual que el resto de vecinos y fue corriendo hacia el origen del mismo para comprobar si alguien necesitaba ayuda. Fue el primero en llegar a la zona, apenas unos segundos antes que el resto.

Lo que ocurrió después – señaló el joven aprendiz de médico – ya lo conocían.

Antes de seguir su camino el extranjero, de nuevo a través del joven médico, les dio las gracias por su disposición y toda la ayuda prestada (aunque nunca fuese pedida).

Autora: Elsa Manzano Elena

@elsu_elena

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