La sociedad de la incomunicación

El otro día mientas estaba desayunando en un bar me fijé en una situación bastante curiosa: un grupo de chicos que rondaban los 25 años de edad entraron, se sentaron y no volví a reparar en ellos hasta que me di cuenta de lo callados que estaban. Estaba de espaldas a su mesa y no sabía si se habían ido o no. Cuando me giré para comprobarlo efectivamente seguían allí los tres.

Cada uno con su teléfono móvil y con sus consumiciones. Totalmente en silencio. Me resultó sorprendente y aún más al comprobar que el resto del tiempo que siguieron en el establecimiento la situación no cambió. El resto de veces que eché un vistazo a la mesa seguían los tres pegados a sus aparatos como si de una prolongación de su cuerpo se tratase. Tan solo les escuché hablar una vez y fue para pedir la cuenta a la camarera antes de marcharse.

Esta habría sido una situación sorprendente hace no mucho tiempo. Sin embargo, cada vez es más común. Piensen en la última vez que estuvieron tomando algo con un grupo de amigos, ¿cuántos estaban con el móvil de la mano? Posiblemente estarían atendiendo conversaciones paralelas de whatsapp, actualizando cualquiera de sus redes sociales o pendiente de cualquier otra aplicación.

niños y moviles

Una cosa es estar pendiente del móvil por si nos llaman y no nos enteramos, especialmente si estamos esperando una llamada importante, y otra es vivir pegados al teléfono móvil como si nuestra vida dependiera de atender cada una de las llamadas que recibimos al momento. Si miramos diez años atrás esta situación no podría ser más diferente: no solo no vivíamos pendientes del aparatito de marras sino que apenas estaba extendido su uso. Si alguien nos llamaba a casa y no cogíamos la llamada la persona volvía a llamar y solucionado. No pasaba nada.

Pero, ¿dónde han quedado las relaciones interpersonales? Disfrutar de una buena conversación y olvidarnos por unas horas del móvil (es posible, se lo aseguro) o hacer cualquier cosa que no dependa de un dispositivo electrónico. Apagar por unas horas el iPad, iPhone, smartphones, móviles en general, ordenadores… o cualquier otra cosa que requiera estar conectados y relacionarnos con nuestro entorno más directo sin ningún aparato que distraiga nuestra atención de la conversación, o de lo que estemos haciendo. Hay vida más allá de Internet y de la tecnología, es algo que nunca deberíamos olvidar.

Con esto no quiero levantarme en contra de las nuevas tecnologías, ¡ni mucho menos!, yo soy la primera que las usa a diario y que reconoce su utilidad. De lo que sí estoy segura es de que no deberían sustituir a las relaciones personales tal y como se han entendido siempre.

La tecnología ha llegado para quedarse y con ella los cambios en unas relaciones que cada vez más se realizan a través de un teclado. Las relaciones personales se convierten en interacciones entre usuarios: vivimos preocupados por contar casi al minuto a nuestros seguidores en Twitter o a nuestros amigos de Facebook (o de cualquier otra red) lo que pensamos o dónde estamos, lo genial que fue el sábado por la noche (y lo ilustramos con una foto que lo demuestra). Nos preocupan los retuiteos que nos hacen y sus equivalentes en el lenguaje de Facebook. Entablamos nuevas relaciones a través de las redes sociales, nuevos “amigos” con los que conversamos y nos reímos, a los que tenemos en cuenta para cada una de nuestras conversaciones en la red y a los que hasta consideramos cercanos.

Todo esto está muy bien, no es malo, siempre que sea en una justa medida y que no influya tanto en nuestra vida cotidiana como para que nos impida desarrollarla de forma normal. Y con desarrollarla de forma normal me refiero a que seguimos quedando fuera de la esfera virtual con nuestro amigos y que la presencia de las tecnologías no interrumpe nuestras relaciones, como les ocurría a los chicos de los que comenzaba hablando en este post aunque valdría cualquier otro ejemplo en el mismo sentido.

Repito de nuevo que no estoy en contra ni de las tecnologías ni de las redes sociales, todo lo contrario, pero creo que merece la pena pararnos a pensar sobre este asunto. Quizá debamos asumir que las relaciones interpersonales han desaparecido tal y como las conocíamos y debamos rebautizarlas “relaciones interdispositivos”, por ejemplo. Pero yo me resisto a asumir algo así. Es indiscutible que esta nueva forma de relacionarse complementa las relaciones sociales tal y como las entendemos: poder entablar conversaciones con personas o incluso personajes importantes que de otra forma serían inaccesibles, una mayor inmediatez en la información, poder estar en permanente contacto con amigos y familiares que se encuentran en la otra punta del mundo a coste cero… y muchas otras ventajas que le podemos atribuir a esta comunicación.

Sin embargo, si vemos el mundo solo a través de una pantalla nos perderemos a todo lo que no está representado en la tecnología, incluidas todas aquellas personas que por su edad estos cambios les pillan demasiado mayores. Quizá estemos más ocupados de fotografiar cada instante de un viaje, subirlo a Instagram y de los comentarios que genere que de disfrutar cada momento. O puede que no, quien sabe… aunque me atrevo a pensar que ya un número importante de personas con una gran dependencia, como los chavales de los que hablaba antes, y no precisamente por razones de trabajo.

Yo he decidido que al menos un día a la semana voy a “desintoxicarme” y ver el mundo con mis propios ojos, totalmente desenganchada de la tecnología.

Autora: Elsa Manzano Elena

@elsu_elena

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2 Respuestas a “La sociedad de la incomunicación”

  1. From Poland dice :

    Lo de los móviles es la prueba de que nos hemos vuelto todos locos. Hay que tirarlos a la basura. yo un día también vi a un grupo de amigos en un bar, de treintañeros, serían como seis o siete, y todos estaban mirando a su móvil y sin hablar entre ellos. Anda a la porra ya, hombre.
    Tienes toda la razón en lo k dices!

    • Elsa Manzano dice :

      Muchas gracias por tu comentario. Yo creo que los móviles, como toda la tecnología, son útiles pero también “esclavos”. El truco está en encontrar el equilibrio para no abusar ni por exceso ni por defecto: aprovechar las oportunidades y facilidades que nos brindan sin renunciar a las relaciones personales ni que afecten de forma negativa a estas.

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